09/01/2025
"En el ocaso de mis años, encontré compañía no en el bullicio de la vida, sino en los ojos de un amigo leal. Era un perro callejero, con el pelaje enmarañado y la barriga vacía, pero con el espíritu intacto. Con un suave toque, me acerqué, y él, con una confianza tan vasta como el cielo abierto, me siguió a casa.
Ahora es más que mi perro, es mi confidente, mi alegría, mi pequeño faro de esperanza. Cuando hablo, me escucha, y no responde con palabras, sino con un amor tan puro que se expresa en el lenguaje silencioso de los movimientos de la cola y los tiernos lametones en mis manos cansadas.
"Fido", susurro, mientras tintinean las últimas monedas en nuestra jarra, "paciencia, amigo mío, porque nuestro festín está a un amanecer de distancia".
Y cuando amanece, permanecemos juntos en medio del mar de rostros marcados por el tiempo, cada uno con guiones de una vida bien vivida. La cola de Fido baila de alegría, porque sabe que hoy nuestras barrigas estarán llenas y nuestros corazones aún más.
Puede que el frío del invierno se cuele por las grietas de nuestra humilde morada, pero Fido está cerca y su calor ahuyenta el frío. Mientras se despliegan las primeras flores de la primavera, disfrutamos de su esplendor dorado, con nuestras almas entrelazadas en silenciosa gratitud.
Desde lo más profundo de mi ser, se eleva una plegaria, llevada en volandas por la brisa matinal: "Gracias, Divino Creador, por el regalo del perro, un verdadero amigo que no pide nada pero lo da todo".
Desconocido