04/04/2020
Esta es una leyenda o una supuesta historia que se hizo más o menos recurrente en Monterrey y probablemente en otras ciudades fronterizas, en la época que la violencia del narco estuvo más fuerte, entre 2019 y 2020, más o menos. Yo esta historia la escuche dos veces, de dos personas diferentes y en ambas ocasiones me la daban por cierta y que le había pasado a la esposa de un amigo o de un conocido. Francamente creo que es una historia que se inventaron, quizá parte de ella es verdad, pero no toda, y como algunas leyendas tiene una función. Pero esa la comentamos al final.
La historia cuenta que era una familia de clase media de Monterrey. Era casi el final de las vacaciones escolares de verano, y los niños y la esposa querían ir a McAllen a comprar ropa y prepararse para el nuevo año escolar. La familia era conformada por mamá, papá y dos hijos, una muchacha de prepa y un chico que iba a entrar a tercer de secundaria. El padre de familia no tenía tiempo por trabajo para despegarse un fin de semana de la ciudad, pero no tenía problema con que la mujer se fuera con sus hijos, incluso le dijo que si no quería irse sola se llevara a su mamá, a la mamá de la señora.
La señora aceptó, invitó a su mamá y alborotó a los niños. El viaje se preparó para el sábado y teóricamente irían y volverían el mismo sábado. Para los que no sean de Monterrey, McAllen Texas es una ciudad que está más o menos a dos horas y media de la capital de Nuevo León. En aquella época todo el mundo sabía que la frontera estaba complicada por motivos del narco. El hombre le dijo a su esposa que se fueran temprano, y que estuvieran todo el día ahí, si terminaban temprano, como a las 5:30, máximo 6 de la tarde, se vinieran, si acababan más tarde, mejor se quedarán allá y se venían el domingo. La mujer le dijo que estaba bien y no se habló más del asunto.
El día del viaje llegó y se fueron a la hora acordada. El camino lo pasaron sin incidentes y el día lo pasaron muy bien, tanto las dos mujeres adultas como los muchachos. Compraron todo lo que necesitaban y hasta un par de caprichos se dieron. Pero la señora no se dio cuenta de la hora, hasta que en una de las tiendas le pidieron que salieran porque ya iban a cerrar. Eran pasaditas las ocho de la noche. La mujer llamó a sus hijos y se prepararon para partir. La hija le recordó que su papá había dicho que si les hacía tarde mejor se quedaran allá y se devolvieran al día siguiente.
La mujer no le dio importancia a las palabras de su esposo, le dijo a la niña que a veces su papá era un poco exagerado en cuestión del narco y que no iba a pasar nada y que iban a llegar como a las 11 a la casa, que era buena hora. La muchacha no insistió y confió en la palabra de la mamá.
Dejaron McAllen cerca de las 8:30 de la noche. Las mujeres iban hablando de diversos temas, mientras atrás la chica iba en el celular y el muchacho iba dormido. Pasaron el kilómetro 26 y siguieron sin problemas. De pronto, al llegar a la cima de una pequeña colina del otro lado vieron una serie de llamas en la calle, también se veía movimiento de personas alrededor. Las mujeres de inmediato se asustan, pero ya no tenían alternativas, solo quizá pararse a medio camino, pero los hombres que estaban en el “retén” ya las habían visto. Así que la mujer baja la velocidad y se acerca a donde están las llamas. Al acercarse se da cuenta que son botes con algo que arde. Forman una especie de flecha que reduce los dos carriles de la carretera a uno solo en el centro. A ambos lados hay camionetas y hombres. Al acercarse más se da cuenta que los hombres están armados. La mujer quisiera detener el vehículo ahí mismo, pero ya no hay nada que hacer, avanza hasta donde un hombre le marca el alto.
El hombre se acerca por el lado de la conductora, mientras otros se despliegan alrededor del vehículo. La mujer no sabe de armas, pero se da cuenta que no portan pistolas, son rifles.
—Buenas noches —. Dice el hombre con un marcado acento norteño. Ella es de Monterrey y aun así el hombre habla lo suficientemente ranchero para que a ella le resulte notorio.
—Buenas noches —. Dice ella apenas con un susurro. Los demás hombres que están alrededor del carro sacan unas linternas y con ellas iluminan el interior del carro, lo están inspeccionando.
—¿Qué andan haciendo? — Pregunta el hombre. No hay hostilidad en su voz, la mujer casi podría decir que solo es curiosidad.
—Somos de Monterrey señor, venimos de McAllen, fuimos a comprar algunas cosas, nada más ya volvemos para allá —. Dice la mujer hay un n**o en su garganta que le impide hablar alto.
—Ándele muy bien. ¿Y qué compraron? — Pregunta el hombre, el tono de su voz parece entre curioso y divertido. La mujer no está segura si ese tono la debía hacer sentirse más tranquila o más angustiada.
—Cosas para los niños… ropa, una Tablet para la niña, y unos caprichos para mí y para mi mamá —. La mujer no está segura si al hombre le interesa saber todo eso, pero no puede dejar de hablar.
El hombre se agacha, para poder ver a la persona que está en el asiento del copiloto. —Buenas noches señora —, dice mirando a la madre de la mujer.
—Buenas noches joven —. Dice la señora.
El hombre se levanta nuevamente y uno de los hombres que está alrededor del vehículo le señala la cajuela del carro. El hombre asiente y mira a la señora. —Señora ¿podría hacer el favor de abrir la cajuela?
Aunque formuló la petición en forma de pregunta, la mujer estaba segura que era una orden y lo hizo. Al mover sus manos, notó que estaba temblando de manera casi incontrolable, a pesar de eso, pudo encontrar el botón que abría la cajuela. Lo presionó. —Gracias —. Dijo el hombre.
El hombre miró nuevamente a la mujer. —¿Y qué andan haciendo solas a estas horas por aquí? ¿No saben que está peligroso? —Dijo el hombre, en su voz había un tono de reproche, pero al mismo tiempo de preocupación.
—Sí, señor, si sabemos, pero pensé que no iba a pasar nada —. Dijo la mujer, pensó en decirle que su esposo le había advertido sobre viajar muy tarde, pero decidió que no era buena idea. La mujer sintió el golpe en el carro cuando los hombres que miraban la cajuela terminaron de hacer su trabajo.
El hombre se rio de las palabras de la mujer y la final dijo: —Afortunadamente no ha pasado nada señora. Pero esto es lo que van a hacer, se van a ir directito a su casa, nada de paradas de nada, y que se me olvidó esto o lo otro. Nada. Directo a casa y ninguna tontería.
La mujer que había imaginado cosas horribles para ella, su madre y su hija, sintió que el n**o en la garganta se deshacía un poco. —Sí, señor, no se preocupe directo a casa.
El hombre asintió ante las palabras de la mujer y le dedicó una sonrisa que más parecía las fauces de un tiburón. —Ándele muy bien, listo puede irse —. El hombre se levantó e hizo una seña y los demás se alejaron del vehículo y de su camino.
La mujer aceleró despacio primero, no quería hacer enojar ni por accidente a ninguno de esos hombres. Cuando se alejó un poco del lugar del encuentro la mujer empezó a temblar terriblemente, miraba constantemente por el espejo. No se le podía quitar la idea de que era una trampa y enseguida volverían por ellos para acabarlos. Pero no veía luces que se acercaran. Con el tiempo empezó a relajarse un poco.
—¿Y si nos robaron las cosas, mamá? —preguntó la chica.
—Mi´jita la verdad no me importa, si se llevaron la tablet, la ropa, lo que sea, no me importa. Qué bueno que no nos hicieron nada.
—¿No te puedes parar a checar? —. Insistió la muchacha.
—No, ya te dije que no me interesa. El viejo ese nos dijo que no nos paráramos, directito a casa y es lo que voy a hacer.
La niña expresó su molestia cruzándose de brazos y mirando la noche por la ventana lateral. La mujer esperaba que la niña le dijera: “Pero yo te dije lo que mi papá había dicho, pero no hiciste caso”. La niña no lo dijo, pero no hacía falta, todos hubieran accedido de buen grado a quedarse esa noche, solo ella quería volver. De cualquier manera, el resto del viaje lo pasaron sin sobresaltos.
Llegaron a casa y tocaron a la puerta. El hombre pensando en que su familia iba a pasar la noche en el otro lado, se había dormido y tardó en abrir la puerta. Pero cuando vio a su esposa empezó a decir: —Julia, te dije que si se les hacía tarde… —
La mujer estalló, ya no quería saber nada. —¡No me digas nada, ya sé, ya sé! —. Y se metió hecha un torbellino.
El hombre iba a seguir a su mujer, pero el grito de su hija en la entrada lo detuvo. Mientras la madre tocaba la puerta, la hija muy preocupada por la tablet y la ropa había abierto la cajuela y mirado el interior. El hombre llegó corriendo hasta el lado de su hija frente a la cajuela abierta. Dos de las bolsas de la compra estaban manchadas, se veía que era una mancha de absorción. El material, cartón, estaba empapado de algo rojo, el hombre de inmediato pensó sangre y al mirar el interior de las bolsas, en cada una de ellas había una cabeza humana.
Como otras leyendas o leyendas urbanas esta historia tiene una función y una crítica. Que es relativamente sencilla de ver, es un ataque a la libertad de las mujeres y se les reprocha no obedecer a sus maridos. Y que, aunque aparentemente resultan no heridas, su desobediencia siempre tiene una consecuencia. No digo que yo esté de acuerdo, al contrario.
Hay por otro lado otras versiones de esta misma historia, ¿Cuáles conocen ustedes? ¿Quién se las contó? ¿Creen que sean verídicas? ¿Cuéntenme que piensan de esta historia? Les gustarían leyendas clásicas o este tipo de leyendas nuevas, no tengo muchas, pero si un par y buscaría más. Gracias por leerme y les mando un abrazo virtual en este momento donde la Sana Distancia es necesaria.