10/04/2026
⚓️ Hay historias en Yavaros que no se olvidan… porque viven en la memoria de las familias y en el corazón del puerto.
A lo largo del tiempo, el mar no solo ha sido sustento para nuestra gente… también ha marcado momentos difíciles que quedaron grabados para siempre.
Hoy compartimos un relato escrito por la Sra. Adriana Leyva Lugo, originaria de Yavaros, quien obtuvo reconocimiento en el concurso nacional literario “Memorias de El Viejo y la Mar” organizado por la Secretaría de Marina.
Una historia heredada por su familia, que nos transporta a los años en que el puerto apenas comenzaba…
y donde la vida dependía completamente del mar.
A continuación, compartimos su narración tal como ella la escribió:
¡EL MAR SE LO LLEVO! ¡TEMPESTAD EN EL MAR!
Corría el mes de septiembre de 1936. El calor era insoportable no se sentía ni una brizna de aire en aquel pequeño puerto e sur del estado de Sonora llamado Yavaros como una población de más o menos 200 a 250 personas.
El calor y los mosquitos azotaban a sus habitantes, era terrible la cantidad de insectos que había en el puerto, la mayoría de sus pobladores eran pescadores.
Mi abuelo Teodoro Lugo Cota, era cabo en la Aduana Marítima era un hombre muy alto, moreno con ojos pequeños y era muy recto, tanto en su familia, vecinos y amigos. Como era un puerto muy pequeño, todos los habitantes se veían como familiares. Mi abuelo me contaba que no había luz eléctrica, no había agua potable, el tren surtía al puerto de agua dos veces por semana. Eran muchas las carencias que tenía la población, pero todos los pobladores Vivian felices con lo poco que tenían.
En las noches oscuras, se reunían en casa de mi abuelo, platicando contando anécdotas a veces cantando acompañados de una guitarra. Esa era la vida sencilla y feliz en el pequeño puerto. Toda Vivian en casas de madera con techos de lámina galvanizada o de cartón. Sus pisos eran de arena, pero aun así sus vidas eran tranquilas se conformaban con el sustento que la mar les daba.
Decía mi abuelo que a mediados del mes, el tiempo cambio bajo el calor y una brisa fresca llego al puerto, el cielo se nublo, y el ambiente se puso agradable.
Los pescadores alistaron sus aparejos de pesca y sus canoas para salir a pescar y extraer de la bahía el sustento para sus familias. Mi abuelo tenía un concuño de nombre Jesús García, que se dedicaba al comercio. Cada semana llenaba una canoa de víveres que vendía en los campos pesqueros cercanos; lo acompañaba otro primo de mi abuelo José Rosario Cota, y un niño de escasos 10 años de edad de nombre Emilio Lugo, hijo de mi abuelo Teodoro, por lo tanto mi tío, decía mi abuela que era muy hermoso con su pelo rizado y muy rollizo. Ese día los tres, Jesús Rosario y Emilio se alistaron para hacer su recorrido en la canoa, mi abuelo preocupado dijo a mi tío: Compadre “Sería bueno que no saliera hoy, parece que habrá mal tiempo”, Mire las nubes negras y espesas anuncian tormenta. Mi tío le contesto: “No compadre, ese mal tiempo tal vez llegue mañana, nosotros volvemos hoy en la noche mucho antes de que venga la tormenta, si es que llega”
Bueno dijo mi abuelo que Dios los bendiga, a su niño le dijo no vaya tu Emilio, quédate esta vez, el niño le contesto no papa, yo no dejo solo a mi tío, déjame ir y pronto regresaremos.
Se fueron los tres, el día siguió presagiando tormenta. Para el atardecer ya era una amarga realidad. El viento traía una velocidad grandísima, tumbo árboles, casas, todo cuanto pudo, por la noche fue aún peor, la gente estaba aterrada, parecía el fin del mundo. Después de media noche, la tormenta amaino y ya en la madrugada del nuevo día todo quedo en calma.
Los habitantes de Y avaros, salieron a levantar todo lo caído, y a tratar de reparar los destrozos que dejo la furia de la naturaleza, pero las tres personas que salieron a la mar no volvieron.
Mi abuelo sus hijos mayores, sus amigos, salieron a buscarlos, la mar ya estaba quieta, hermosa y majestuosa como siempre. No parecía que un día antes se había levantado tan alta.
Salieron pues a buscar a los náufragos. Aunque temían lo peor, muy en el fondo de sus almas, una luz de esperanza los alentaba. Mi abuela dio a mi abuelo un termo de café caliente, y una bolsa de pan. En la búsqueda pasaron toda la mañana sin encontrar. Al medio día, tomaron un descanso para comer algo, todos comieron menos mii abuelo Teodoro, alguien le pregunto por qué no comía, y con las lágrimas en los ojos mi abuelo contesto “Voy a guardar el lonche para mi niño, ha de tener mucha hambre “todos guardaron silencio, conmovidos ante el dolor de aquel padre que sufría tanto y aún tenía la esperanza de encontrar vivo al hijo de su corazón.
Las horas pasaron y no había rastro de los náufragos, volvieron las canoas y sus ocupantes al puerto, ya oscureciendo a descansar para reponer fuerzas y volver a la búsqueda otro día, así fue, otro día temprano regresaron a la búsqueda, unos en canoa otros a pie, no había señal de ninguno de ellos.
Al tercer día, de búsqueda encontraron el cuerpo de Tío Jesús. Las esperanzas se desvanecían, lo más seguro era que los otros dos, ya habían mu**to. Dos días después apareció el primo de mi abuelo José Rosario, ¡estaba vivo! Conto que la mar, enfurecida, tempestuosa lo arrojo desnudo y golpeado hacia la costa. Que vago muchas horas mu**to de hambre y de cansancio hasta que unos pescadores lo encontraron y ayudaron a llegar al puerto. Solo faltaba el niño.
Mi abuelo no perdía la esperanza de hallarlo vivo. Fueron unos días de sufrimiento, físico y espiritual, los buscadores estaban agotados, cansados y sin esperanza, por fin, al décimo día de la busque apareció el niño, estaba completo su cuerpo, pero mu**to.
Fueron momentos muy tristes y conmovedores viendo aquel padre abrazado del cadáver de su hijo, llorando y gritándole. El regreso al puerto fue en silencio, nadie hablaba todos respetaban el dolor de mi abuelo.
Todo el pueblo los esperaba llorando, como si fuera una sola familia, toda la noche lo velaron, se reunieron en casa de mi abuelo llevando flores y velas, como se usaba en ese entonces, cuenta que mi abuelo Teodoro lloraba en silencio, y mi abuela Dolores era una mujer muy fuerte, pero también lloraba en silencio.
Mi abuelo era muy cariñoso con todos sus nietos, y debe haber sufrido mucho por la pérdida de unos de su hijo, el más pequeño.
Han pasado los años, las cosas han cambiado mucho, los barcos y las pangas en que trabajan los pescadores, han contaminado la bahía y ya la pesca no es tan productiva como antes, la bahía ahora está sucia llena de grasa, aceites y plásticos, que arrojan los mismos pobladores, y la han dañado para siempre. Las especies marinas que abundaban en el pasado hoy son escasas, y contaminadas, pero aun así los pobladores, siguen en la mar.
Hoy después de tantos años de aquel triste suceso, todos los descendientes de la familia, aun comentamos la tragedia vivida durante aquella horrorosa ¡Tempestad en la mar!
Adriana Leyva Lugo
⚓️ El mar da… pero también quita. Y en Yavaros, muchas familias guardan historias que lo recuerdan.
Este relato no solo habla de una tragedia, sino de una época, de una forma de vida y de la unión de un pueblo que enfrentaba todo como una sola familia.
Historias como esta forman parte de la memoria viva de nuestro puerto.
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Mar. Gente. Historia.