03/03/2026
Exelente nota de nuestro municipio vecino
https://www.facebook.com/share/p/17ipws8QLL/
En 1660, Francisco de la Cruz era esclavo en un ingenio azucarero de Temascaltepec. Tenía treinta años y había nacido en la Nueva España, pero su lugar de nacimiento no significaba arraigo. Como muchos negros y mulatos de su tiempo, su vida estuvo marcada por la fragmentación familiar y la movilidad forzada.
Sus padres habían sido esclavos, originarios de Guinea. De sus abuelos no sabía nada; ignoraba si había tenido tíos o parientes más lejanos. Su genealogía, a diferencia de la de muchos españoles que podían reconstruir su linaje por varias generaciones, se detenía abruptamente en la esclavitud. La ruptura con África no solo había sido geográfica, sino también histórica.
Durante su infancia y juventud sirvió primero a un labrador en Toluca. Posteriormente trabajó en un obraje de la ciudad de México, espacio caracterizado por la disciplina rígida y las duras condiciones laborales. Finalmente fue trasladado a un ingenio de azúcar en Temascaltepec, donde el trabajo era extenuante y la vigilancia constante. Estos desplazamientos ilustran la inestabilidad que definía la existencia de los esclavos: podían ser vendidos, cedidos o trasladados según las necesidades económicas de sus amos.
La historia de sus hermanos revela con claridad la fragilidad de los vínculos familiares bajo el régimen esclavista. El mayor huyó hacia Campeche; desde entonces se perdió su rastro. Los otros dos fueron vendidos tras la muerte de su ama, con el fin de cubrir los gastos funerarios. La familia quedó así desintegrada por decisiones económicas ajenas a su voluntad.
Casos como el de Francisco aparecen en los archivos del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, institución que juzgaba delitos contra la fe cometidos por españoles, negros y castas. En los procesos inquisitoriales, el acusado debía relatar el “discurso de su vida”: su origen, ocupación, parentesco y trayectoria. Paradójicamente, estos interrogatorios constituyen hoy una de las pocas fuentes que permiten reconstruir la experiencia cotidiana de los sectores más marginados de la sociedad novohispana.
El caso de Francisco de la Cruz ejemplifica lo que puede definirse como desarraigo estructural. A diferencia de los españoles, que podían apelar a la limpieza de sangre y al honor del linaje, y de los indígenas, organizados en repúblicas reconocidas por la Corona, negros y mulatos ocupaban una posición social vulnerable. Si eran esclavos, constituían propiedad; si eran libres, carecían de pleno reconocimiento estamental.
Así, la vida de Francisco no fue excepcional, sino representativa de una condición colectiva. Su historia muestra cómo la esclavitud no solo implicó explotación laboral, sino también la ruptura sistemática de la memoria familiar y la imposibilidad de consolidar raíces duraderas en la sociedad colonial.dc