20/08/2026
Después del terremoto he pensado mucho en para qué estamos aquí. No como una pregunta filosófica, sino desde lo que he visto suceder frente a mí.
Personas ayudando a personas que no conocían. Gente compartiendo comida, buscando desaparecidos, rescatando animales, abriendo sus casas, rezando, acompañando el dolor ajeno aun teniendo miedo y dolor propios.
No creo que una tragedia ocurra para enseñarnos algo. Hay dolores a los que sería irrespetuoso imponerles una enseñanza. Pero cuando no existe una explicación capaz de ordenar lo sucedido, el servicio puede darnos una dirección.
Servir a Dios, a la humanidad, a los animales o a la Tierra es reconocer que nuestra existencia no termina en nuestras necesidades, nuestros problemas ni nuestros deseos. Somos parte de algo más grande y también somos responsables de la manera en que participamos en ello.
Para mí, el propósito está ahí: en salir, aunque sea por un momento, de lo exclusivamente personal y preguntarnos qué necesita la vida de nosotros.
Porque al final no es solamente lo que logramos, acumulamos o recibimos lo que sostiene nuestra existencia. También es aquello que, gracias a que estuvimos aquí, pudo ser cuidado, acompañado o transformado.