02/11/2022
Relatos... Entre letras y almas...
En estos días en que vuelven, en que los esperamos...
"El señor del Mictlán"
Corría el año del séptimo sol, los aztecas se preparaban para la llegada del dios Mictlantecuhtli, el cielo se oscurecía de pronto, un estruendo se escuchaba en el cielo, era el día de la muerte, la sed de sangre debía ser saciada.
En el templo mayor aparecieron unas extrañas criaturas, con ojos de leopardos, grandes colmillos, un cuerpo descomunal y unas garras capaces de destrozar el metal, eran los emisarios del Dios que venían como cada séptimo sol a cobrar las almas de los impuros....
El señor del Mictlán, el rey del inframundo se hacía presente.... con el traía deidades mortuorias, invitación a sus tierras donde la oscuridad residía... donde no había salida... donde llegar era transición... letanía.
Cuentan los que recuerdan que un alma había escapado de sus garras impías... que caminó el camino de vuelta, que de la muerte se escurría.
El gran Dios lo perseguía... No podía perder una presa... Nadie se le resistía.
Cuentan que andaba penando que a ninguna parte pertenecía... Las ofrendas no habían sido las justas el día de su partida.
Había andado los nueve lugares en su ida donde con la misma muerte moraría.... y los había repetido huyendo de los descarnados en que su eternidad sacrificaría.
El gran Dios de la oscuridad estableció que se vengaría... Que jamás nunca otra se le revelaría... Que era momento de sembrar sobre la faz su tiranía.
En estos días, en que las almas visitan la tierra de los mortales, el señor del Mictlán decidió regresar a tomar posesión de sus dominios, del que era dueño desde el inicio de los tiempos, tierras donde hubo un imperio.
Tomó el camino de hojas de cempazuchitl y entró en una nube de humo de copal, acompañado de una jauría de xoloitzcuintle.
Llegando a las puertas del camposanto, con la ira que traen los recuerdos de muertes por la guerra de aquellos hombres barbados que provocaron a su gente, niños, mujeres, ancianos, arribó con todo su coraje y entre los rezos, a la distancia, vio a una doncella arrodillada ante la tumba de sus seres queridos, y al mirar esa belleza, entre el frío de la luna y la luz develadora que iluminaba su cara, quedó perdidamente enamorado de ella.
Al contemplarla, pasó la noche, llegó el alba y el señor Mictlantecuhtli no pudo regresar al inframundo.
Ahora es un alma en pena en tierra de mortales por aquella mujer hermosa, no importándole que sus hermanos, los dioses aztecas le imploraran que de ella se olvidara.
Una noche, deambulando, llegó hasta donde se encontraba aquella bella mujer, la miró embelesado, como se mira un amanecer soñado, mientras ella cortaba las flores del acantilado. De pronto, ella sintió una presencia y al mirar atrás logro verlo, pero en lugar de huir lo observó detenidamente y él desapareció de repente.
La mujer corrió gritando que un alma en pena había divisado, pero todos la juzgaron loca, pensando que estaba poseída, los aldeanos la persiguieron pues la consideraron peligrosa. Ella asustada huyó de prisa y sin darse cuenta tropezó y por el acantilado cayó.
El señor del Mictlán todo lo presenció y de inmediato, llegó al lugar en que ese cuerpo inerte se encontraba. La tomó entre sus brazos y con un profundo beso al oído le susurró: "Mictecacíhuatl, amor mío, mi bella Dama de la Muerte, desde aquella noche te he esperado".
En ese instante, su alma emergió, quedando tan sólo su esqueleto y unos grandes ojos negros, profundamente negros, que a la par se abrieron, mirándose uno al otro en comunión infinita.
Ese fue el tiempo de los tiempos... el momento que en esencia mortal se unieron.
Cada año regresan por los nueve lugares, vienen a recoger las ofrendas, a beber nuevas energías, a convivir con los mortales...
Cada año, para esta fecha, el inframundo converge con la tierra... recordando que no existe muerte, sólo transición entre dos vidas que por siempre, serán eternas.
Autores:
✒Julio Medina
✒Pedro Antonio Garcia Dominguez
✒Yaneth C. Cupich
✒Laura Defilippi
Noviembre 2018