09/06/2024
Desde enero no había tenido un solo momento de paz para tejer; dejé esta bufanda empezada. Es para Olivia, a quien le gustan largas y gruesas, sí, las bufandas. Ayer retomé esta pieza y tuve que deshacer casi una vuelta -180 cm- tratando de recordarle a mi cerebro cómo era la puntada al revés. Me rendí. No tenía más tiempo. Busqué en YouTube y tengo ocho mil videos guardados con puntadas para algún día, algún invierno, algún regalo, alguna vez. Claudiqué. Me sentí apabullada, vencida.
Mi madre 'sacaba' la puntada nada más de verla en una prenda. Infinidad de veces, para mi infinita vergüenza, detuvo a alguien en el mercado o el camión para ver la puntada de la blusa, bufanda o rebozo que llevaba y el resto del camino rezaba con un mantra muy creativo las instrucciones: dos puntos cerrados, tres macizos, un entero, dos en abanico, voltear y engarzar tres hilos e ir soltando uno por uno en el punto bajo; terminaba la oración y volvía a empezar. Yo alucinaba. Manuela iba tan concentrada que en algún momento llegué a pensar que podía levantarse del suelo. De pronto comenzaba a mover las manos haciendo puntadas en el aire con un hilo invisible e imaginario.Al llegar a casa tomaba sus hilos y convertía en textil su rezo.
A punto de guardar el tejido y ponerme a trabajar decidí hablarle a mi hermana. Como cosa perdida, jugaba con el estambre mientras le contaba mi tragedia en el altavoz del celular. La conversación derivó en entretenidos chismes familiares hasta que me terminé la madeja. ¿Terminé la madeja? Dejé caer el gancho de aluminio en el piso y su metálico sonido me hizo volver a la realidad. No me di cuenta en qué momento mis manos, memoria motriz, consiguieron hacer la puntada.