25/09/2023
Hay historias que se miden por milenios.Las forman actos infinitesimales pero que,al ser perennes,transforman profundamente a los sujetos.Así es la historia que enlaza al maíz y al ser humano.Gracias al vínculo,ambos actores adquirieron muy diferente naturaleza.La unión penetró en la intimidad molecular del maíz hasta hacerlo más útil para el hombre,más inútil para sí; esto es,lo domesticó.También domesticó al hombre,modificando su carácter social.Empezó por cambiar sus costumbres de recolector para conducirlo hacia la práctica del cultivo.Siglos después de que el ser humano se iniciara en la reproducción y el cuidado de su alimento,la dependencia lo hizo sedentario,agricultor,y con ello vecino más próximo a sus semejantes,dialogante más intenso,ser más imaginativo.La asociación entre el maíz y el ser humano también modificó el espacio.El hombre arrebató a los bosques segmentos para la labranza,desvió el curso de las corrientes, avenó pantanos,llevó otros vegetales domesticados al plantío.El maíz incitó al robo a múltiples especies de bichos,aves y mamíferos rapaces que desde entonces se habituaron a la cercanía de la milpa.Juntos hombre y maíz hicieron su morada. Sin embargo,el agricultor no se conformó con construir su propio ámbito.Como lo habían hecho sus antepasados recolectores y cazadores,modeló el otro ámbito,el paralelo,invisible,sutil y maravilloso;pródigo a veces y avaro en otras;a veces amoroso y en otras terrible.Reprodujo en este ámbito su naturaleza psíquica y su nueva condición social.Se retrató en dioses que lo escuchaban,que se condolían ante sus súplicas,que le reclamaban los lazos de la reciprocidad.Para él y para el maíz tejió la tupida red que entrelaza ambos ámbitos y habló a los dioses y de los dioses con la palabra, con la música,con la danza,con la ofrenda,con el manejo de los colores y los volúmenes,con el llanto y los suspiros de esperanza.