22/08/2026
EL HOMBRE DETRÁS DE LAS HÉLICES
Silvio Ramón González Rivero: una vida consagrada a proteger y mantener en alto nuestros cielos.
Hay vidas que se miden en horas de vuelo, en el rugir de los motores que arrancan al amanecer y en la devoción silenciosa de quien sabe que la seguridad en el aire se construye en la tierra.
La historia de Silvio Ramón González Rivero es, ante todo, la crónica de un enamorado de la aviación cubana, un hombre cuya trayectoria entrelaza el deber, el rigor técnico y un amor profundo por su patria. No es un piloto de cabecera, ni su rostro aparece en los partes meteorológicos, pero su nombre está grabado en cada nave que surcó el cielo de la Isla con la certeza de que, abajo, alguien velaba por cada tornillo, cada soldadura, cada latido del motor.
Su vocación nació en el rigor técnico, en aquellos años juveniles donde soñó con pilotar helicópteros tras ingresar al Instituto Técnico Aeronáutico. Pero la urgencia de su tiempo le hizo tomar una decisión generosa: dar un paso al frente para formarse como técnico de aviones L-60. Aquellas aeronaves eran imprescindibles para la defensa del país, pero escaseaban las manos expertas capaces de mantenerlas operativas. Silvio asumió el reto con la disciplina de quien entiende que en cada tuerca ajustada se juega una vida. No hubo frustración en aquel cambio de rumbo, sino la certeza de que el cielo también se sostiene desde el hangar.
Para 1962, ya graduado como Técnico de Vuelo y Artillero de Cola, los aeródromos de Varadero, Caibarién, Trinidad, Yaguajay, Santa Clara, Camagüey y Holguín se convirtieron en sus puntos de despegue habituales. Fueron años intensos de misiones combativas en la Lucha contra Bandidos y la Lucha contra Piratas, defendiendo las costas cubanas en episodios decisivos como la operación de Cayo Sal. Su bautismo de fuego no fue un simulacro: era el rugido real de la defensa, la altitud como trinchera y la cola del avión como su puesto de combate. Ni siquiera las secuelas de un grave accidente aéreo lograron frenarlo. Tras superar difíciles intervenciones quirúrgicas, su primer impulso al salir del hospital fue solicitar el regreso inmediato a la línea de combate. No había miedo en sus ojos, solo el deber de un hombre que entendía que los cielos de la patria no se negocian.
Su destreza y constancia lo llevaron a ser seleccionado en 1964 para el curso de Ingeniero de Vuelo del legendario IL-14. Silvio no solo aprobó con notas sobresalientes, sino que pronto asumió la enorme responsabilidad de integrar las tripulaciones encargadas de trasladar a los principales dirigentes de la Revolución, además de participar en operaciones clave como la acción contra el barco REX. Aquellos vuelos no eran rutinarios: cada despegue implicaba una confianza absoluta en su juicio técnico, y cada aterrizaje, una victoria silenciosa sobre la gravedad y el azar.
Pero fue en 1966 cuando el Aeropuerto Internacional Ignacio Agramonte de Camagüey le abrió las puertas para no cerrarlas jamás. Desde que fue desmovilizado de las FAR en 1973, Silvio se convirtió en el alma técnica de la pista. Primero como Mecánico "A" de Aviación y luego como Jefe de Línea de Vuelos, entregó casi cuatro décadas de trabajo ininterrumpido hasta su jubilación en 2012. En la plataforma, su figura era sinónimo de serenidad, precisión y felicitaciones unánimes en cada inspección estatal e internacional. Los pilotos extranjeros, al verlo recorrer el fuselaje con su linterna y su libreta, sabían que su aeronave estaba en las mejores manos. Los colegas cubanos, al verlo en la pista, respiraban tranquilos: Silvio estaba ahí.
Su sed de aprendizaje lo llevó en tres ocasiones a las escuelas de aviación en la Unión Soviética, dominando la tecnología de aeronaves emblemáticas como el Yak-40 en 1976, el TU-154 en 1985 y el Yak-42 en 1994. No se conformó con lo aprendido en tierra cubana; cruzó fronteras por la aviación, llevando consigo el prestigio de la escuela técnica cubana. En 1987 viajó a Nicaragua para impartir clases teóricas y prácticas sobre el avión AN-2, formando a nuevos técnicos en tierras centroamericanas. Allí, bajo el sol tropical, repitió el mismo gesto que en Camagüey: señalar con paciencia, explicar con claridad, exigir con rigor. Porque para Silvio, la técnica no era un misterio iniciático, sino un oficio que debía transmitirse como un legado.
A la par de su trabajo diario, Silvio volcó su experiencia en la innovación técnica a través de la ANIR, aportando soluciones creativas que ahorraron miles de pesos a la economía nacional. Su huella quedó también impresa en la infraestructura del país al colaborar activamente en la construcción del Aeropuerto Internacional Jardines del Rey en Cayo Coco. No solo arreglaba motores; también levantaba pistas, trazaba rutas, soñaba terminales. Cada hormigón vertido en aquel aeropuerto turístico tenía algo de su obsesión por la excelencia, porque sabía que la aviación no es solo vuelo, es también el lugar desde donde se despega.
Hoy, retirado de las pistas pero no de su pasión, Silvio sigue acudiendo a las escuelas primarias camagüeyanas para contarles a los niños cómo se cuida un avión y sembrar en las nuevas generaciones la semilla de la aviación cubana. Sus dedos, ya sin grasa de motor, señalan maquetas y dibujan hélices en la pizarra. Los niños lo miran con los ojos abiertos, como si aquel viejo técnico fuera un mago que hace volar pájaros de metal. Y en cierto modo lo es: porque Silvio Ramón González Rivero no solo mantuvo aviones en el aire; mantuvo viva la fe en que los cielos de Cuba siempre tendrán quien los cuide, desde la tierra, con la devoción de quien sabe que volar es, ante todo, un acto de amor.