01/29/2026
ㅤ
⠀⠀⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀ㅤ
⠀⠀⠀⠀⠀
Su cuerpo había estado extraño desde hacía meses.
En Qatar fue cuando realmente empezó a reconsiderar su salud. Al principio, lo había atribuido al estrés: las carreras encadenadas, los viajes, la presión que se había acumulado desde el parón veraniego… incluso desde antes. Tenía sentido, siempre lo tenía. Excepto que esta vez no lo fue.
Oscar siempre había sido de buen comer, pero últimamente no todo le apetecía igual. Algunos sabores le resultaban demasiado intensos, otros simplemente le revolvían el estómago sin razón aparente. En cambio, lo dulce (que antes le empalagaba) se le antojaba de una forma casi obsesiva. Pequeños antojos en la madrugada, una necesidad silenciosa que tenía que aprender a ignorar por el régimen alimenticio estricto que debía seguir.
Estrés, se repetía, tenía que serlo.
También era estrés cuando las ojeras se le marcaban bajo los ojos y el cansancio no se iba ni después de dormir. Incluso cuando su complexión parecía la misma, aunque no lo era del todo. Había una ligera inflamación que se escondía entre los pliegues del traje, tan sutil que nadie más la notaba, excepto él. Oscar conocía su cuerpo y aquello no era normal; los médicos le recomendaron ajustes en la dieta para bajar la inflamación, nada alarmante, ni urgente, aun así, no desaparecía.
Y luego estaba Lando.
Las ganas de estar con él se habían vuelto tan necesarias como el oxígeno que respiraba. El australiano quiso convencerse de que era solo la falta de cercanía de los últimos meses, porque ambos estaban volcados en el campeonato, en lo que se jugaban. O eso se decía, porque, en realidad, el tiempo juntos no había disminuido, incluso había aumentado.
Era Oscar quien se lo pedía. Solicitaban comida a la habitación, que se quedaran un rato más en la cama, omitieran alguna caminata. No quería moverse demasiado, solo quería estar cerca, abrazado al cuerpo del mayor, buscando caricias, palabras suaves, esa sensación de seguridad profunda que solo su pareja podía darle. Algo instintivo, casi desesperado, que no sabía explicar sin sentirse ridículo.
Así que antes de partir a Abu Dhabi, a escondidas del británico, sostuvo la prueba de embarazo entre las manos. No sabía en qué momento la idea se había convertido en una posibilidad. Tenía un n**o en el pecho, una mezcla de culpa y miedo, pensamientos de imprudencia, de haber sido irresponsable, de haber puesto en riesgo a algo (a alguien) que quizá llevaba tiempo creciendo dentro de él sin que se diera cuenta. No obstante, también estaba esa voz, más pequeña, más tranquila, que intentaba calmarlo "si era negativa, solo habría sido una paranoia."
El plástico blanco temblaba ligeramente entre sus dedos cuando la dejó sobre el lavabo, como si incluso su cuerpo supiera que, después de eso, nada iba a ser exactamente igual.
El pitido fue casi ofensivamente normal.
Oscar no supo cuánto tiempo pasó mirando el plástico antes de atreverse a acercarse. Contó los segundos como si fuera una salida en parrilla: lento, con el corazón golpeándole las costillas. Cuando por fin enfocó la vista, la línea estaba ahí. Clara, indiscutible.
< 𝗣𝗼𝘀𝗶𝘁𝗶𝘃𝗮. >
El aire se le quedó atrapado en los pulmones. Se apoyó con ambas manos en el lavabo, sintiendo cómo las piernas le temblaban, no de miedo exactamente, sino de una certeza abrumadora. No era una paranoia, no era estrés, ni era una mala racha física, había algo (alguien) con él.
No lloró y tampoco sonrió, solo se quedó quieto, escuchando el zumbido lejano del hotel, el sonido de su propia respiración, el latido acelerado que parecía resonar también en su abdomen. Una mano volvió a ir allí, con cuidado, como si temiera romper algo solo con tocarlo.
—Hola… —murmuró, apenas un suspiro, sin terminar de creerse la situación en la que se encontraba.
Esa misma noche durmió poco. No porque estuviera incómodo, sino porque la mente no dejaba de correrle. Pensó en Lando, en las risas fáciles, en las manos grandes siempre encontrándolo en la cama, en la forma en que lo miraba cuando Oscar se sentía pequeño y vulnerable. Pensó en el campeonato, en el calendario, en todo lo que podía salir mal. Y, aun así, una calma extraña se abría paso entre los pensamientos.
Antes de regresar a Woking (y después del cierre de la temporada), pidió una cita médica en una clínica cercana al centro del equipo. No quiso decir nada todavía, necesitaba certezas. Necesitaba números, semanas, palabras profesionales que le ordenaran el caos interno y confirmaran lo que era más que evidente, aunque una parte de él seguía no aceptándolo.
El consultorio olía a desinfectante y té suave. El médico fue amable, cuidadoso, como si supiera que cada frase pesaba más de lo normal.
—Según las mediciones —dijo, revisando la pantalla—. Estás entre veintiséis y veintiocho semanas.
Oscar parpadeó.
—¿Seis… siete meses?
—Aproximadamente —asintió—. Es comprensible que no lo notaras antes, dadas tus rutinas y condición física. Hay incertidumbres, claro, ajustes que hacer, pero por ahora todo se ve estable.
𝘌𝘴𝘵𝘢𝘣𝘭𝘦.
La palabra se le quedó grabada en el pecho.
Salió de la clínica con una carpeta bajo el brazo y una sensación nueva acompañándolo. No era miedo, no del todo. Era todo un conjunto de sentimientos: responsabilidad, expectativa, una felicidad tímida (a la cual aún no se permitiera abrazarla por completo).
Esa noche, en casa, Lando habló del festejo, de lo que había decidido hacer con su número, su marca y demás cosas, todo con una sonrisa en su rostro. Oscar lo escuchó con una sonrisa suave, pensando en lo fácil que sería decírselo y en lo mucho que quería hacerlo bien.
No ahora, decidió. No de esta forma apresurada, con el corazón todavía desordenado.
Navidad.
Pensó en luces cálidas, en algo pequeño y significativo. Tal vez una caja o una foto, quizás solo él y Lando en el sofá, sin prisas. Quería verle la cara cuando lo supiera y fuera un recuerdo seguro, uno al que ambos pudieran volver.
Lando pasó un brazo por sus hombros, acercándolo sin pensarlo.
—Estás muy callado hoy —comentó—. ¿Todo bien?
Oscar apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos.
—Sí —respondió, sincero—. Todo va a estar bien.
Y por primera vez en meses, lo creyó de verdad.