Estrellas en la piel

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: ・ෆ・┈・┈・ᕱᕱ・┈・┈・ෆ・ :𝑊𝑜𝑟𝑑𝑠 𝑜𝑓 𝑙𝑜𝑣𝑒 (𝑤𝑒 𝑎𝑟𝑒 𝑒𝑎𝑔𝑒𝑟𝑙𝑦 𝑎𝑤𝑎𝑖𝑡𝑖𝑛𝑔 𝑦𝑜𝑢 𝑚𝑦 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙)
02/10/2026

: ・ෆ・┈・┈・ᕱᕱ・┈・┈・ෆ・ :

𝑊𝑜𝑟𝑑𝑠 𝑜𝑓 𝑙𝑜𝑣𝑒 (𝑤𝑒 𝑎𝑟𝑒 𝑒𝑎𝑔𝑒𝑟𝑙𝑦 𝑎𝑤𝑎𝑖𝑡𝑖𝑛𝑔 𝑦𝑜𝑢 𝑚𝑦 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙)

₊‧ʚ・︵︵ ₊˚๑ ᕱᕱ ꒱✦ ₊ ︵︵・₊﹆ɞ‧₊𝐺𝑖𝑓𝑡𝑠 𝑎𝑤𝑎𝑖𝑡 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑎𝑟𝑟𝑖𝑣𝑎𝑙, 𝑚𝑦 𝑑𝑒𝑎𝑟 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙.
02/09/2026

₊‧ʚ・︵︵ ₊˚๑ ᕱᕱ ꒱✦ ₊ ︵︵・₊﹆ɞ‧₊

𝐺𝑖𝑓𝑡𝑠 𝑎𝑤𝑎𝑖𝑡 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑎𝑟𝑟𝑖𝑣𝑎𝑙, 𝑚𝑦 𝑑𝑒𝑎𝑟 𝑎𝑛𝑔𝑒𝑙.

01/29/2026

Bali. 29|12|25
Wedding O&L.

El sol empezaba a caer la ciudad a una velocidad tan sutil, que Lando no era capaz de diferenciar en dónde comenzaban los colores del atardecer y de aquellos que hacían al día. Todo lo que podía afirmar, entre medio de sus nervios y las palabras que el juez de paz designado para enlazarlos que realmente no entendía, era que el sol flotaba en el orizonte, por encima del mar y detrás de todos los barcos que pequeños, se interponían entre él y la estrella.

La temperatura misma era distinta pese al calor que muy internamente guardaba la arena que pisaba. Pero sabía bien que el sudor que estaba experimentando, nada tenía que ver con aquella excusa, sino más bien era culpa de los nervios y las mil emociones que se encontraba experimentando en cuestión de segundos. Era extraño, porque a pesar de todo, elegía vivirlo, incluso si al hacerlo terminaba llorando.

Tenía la frente arrugada por los últimos rayos que todavía le impactaban y quizás, por los colores cálidos que el sol emanaba, su piel se veía más dorada o morena de lo que realmente era, logrando que las prendas blancas que le envolvían crearan un enorme contraste que solo hacía que sus ojos verdes resaltaran aún más.

Se movió un poco. Agradeció encontrarse celebrando con Oscar bajo un par de palmeras aun cuando la sombra de estas no hiciera mucha diferencia si lo comparaba con árboles, pero no se quejó. No cuando internamente tenía problemas más importantes, como que Oscar no llegase. Y en esa vorágine de pensamientos tontos, pensó que tal vez debió esconderle el pasaporte, así no tenía escapatoria de algo que ambos habían aceptado, deseado y querido: casarse.

Se rio solo de la tontera que le atravesó, y continuó enterrando los pies en el polvillo húmedo bajo él. Encontró en la humedad bajo la misma, algo de consuelo a sus propios pensamientos y también a ese calor inaguantable que allí en la costa se experimentaba. Entonces notó como el oficiante se puso rígido y no tuvo que darse vuelta para adivinar qué pasaba.

Respiró hondo antes de encontrar posición y volteó, encontrando a pequeños metros a la persona más linda del mundo y también la causante de cada una de sus alegrías. Sus labios se curvaron en una enorme sonrisa que dejó entrever sus blancos dientes. Sintió como los ojos le picaban de la emoción y el pecho golpeaba intentando escaparse de su cuerpo. Incluso las manos le temblaban y se sintió tonto y también el hombre más afortunado del mundo.

Había encontrado finalmente con quién compartir el resto de su vida y ahora prometerse, para cuando esta se apagase, encontrarse en la siguiente.

Avanzó hasta donde el australiano se encontraba. Había algo al rededor de ambos o tal vez la situación, que lograba que el mundo se cerrase sobre ellos, hasta volver invisible lo demás.

—Pensé que no llegarías más — Confesó con la voz quebrándose una vez a su lado, respirando se su cercanía y también de esa colonia que el más joven usaba y Lando tan bien reconocía. Le extendió la mano vecina en una clara invitación a caminar juntos hacia ese pequeño altar improvisado. Apretó con una ligera fuerza sus dedos ya entrelazados y caminaron. Despacio, entre risas y el británico, disfrutando de cómo la brisa del mar jugaba con los rubios cabellos que tan ordenadamente caían por el rostro de su pareja.

—Te ves hermoso.

01/29/2026

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Su cuerpo había estado extraño desde hacía meses.

En Qatar fue cuando realmente empezó a reconsiderar su salud. Al principio, lo había atribuido al estrés: las carreras encadenadas, los viajes, la presión que se había acumulado desde el parón veraniego… incluso desde antes. Tenía sentido, siempre lo tenía. Excepto que esta vez no lo fue.

Oscar siempre había sido de buen comer, pero últimamente no todo le apetecía igual. Algunos sabores le resultaban demasiado intensos, otros simplemente le revolvían el estómago sin razón aparente. En cambio, lo dulce (que antes le empalagaba) se le antojaba de una forma casi obsesiva. Pequeños antojos en la madrugada, una necesidad silenciosa que tenía que aprender a ignorar por el régimen alimenticio estricto que debía seguir.
Estrés, se repetía, tenía que serlo.

También era estrés cuando las ojeras se le marcaban bajo los ojos y el cansancio no se iba ni después de dormir. Incluso cuando su complexión parecía la misma, aunque no lo era del todo. Había una ligera inflamación que se escondía entre los pliegues del traje, tan sutil que nadie más la notaba, excepto él. Oscar conocía su cuerpo y aquello no era normal; los médicos le recomendaron ajustes en la dieta para bajar la inflamación, nada alarmante, ni urgente, aun así, no desaparecía.

Y luego estaba Lando.

Las ganas de estar con él se habían vuelto tan necesarias como el oxígeno que respiraba. El australiano quiso convencerse de que era solo la falta de cercanía de los últimos meses, porque ambos estaban volcados en el campeonato, en lo que se jugaban. O eso se decía, porque, en realidad, el tiempo juntos no había disminuido, incluso había aumentado.

Era Oscar quien se lo pedía. Solicitaban comida a la habitación, que se quedaran un rato más en la cama, omitieran alguna caminata. No quería moverse demasiado, solo quería estar cerca, abrazado al cuerpo del mayor, buscando caricias, palabras suaves, esa sensación de seguridad profunda que solo su pareja podía darle. Algo instintivo, casi desesperado, que no sabía explicar sin sentirse ridículo.

Así que antes de partir a Abu Dhabi, a escondidas del británico, sostuvo la prueba de embarazo entre las manos. No sabía en qué momento la idea se había convertido en una posibilidad. Tenía un n**o en el pecho, una mezcla de culpa y miedo, pensamientos de imprudencia, de haber sido irresponsable, de haber puesto en riesgo a algo (a alguien) que quizá llevaba tiempo creciendo dentro de él sin que se diera cuenta. No obstante, también estaba esa voz, más pequeña, más tranquila, que intentaba calmarlo "si era negativa, solo habría sido una paranoia."

El plástico blanco temblaba ligeramente entre sus dedos cuando la dejó sobre el lavabo, como si incluso su cuerpo supiera que, después de eso, nada iba a ser exactamente igual.

El pitido fue casi ofensivamente normal.

Oscar no supo cuánto tiempo pasó mirando el plástico antes de atreverse a acercarse. Contó los segundos como si fuera una salida en parrilla: lento, con el corazón golpeándole las costillas. Cuando por fin enfocó la vista, la línea estaba ahí. Clara, indiscutible.

< 𝗣𝗼𝘀𝗶𝘁𝗶𝘃𝗮. >

El aire se le quedó atrapado en los pulmones. Se apoyó con ambas manos en el lavabo, sintiendo cómo las piernas le temblaban, no de miedo exactamente, sino de una certeza abrumadora. No era una paranoia, no era estrés, ni era una mala racha física, había algo (alguien) con él.

No lloró y tampoco sonrió, solo se quedó quieto, escuchando el zumbido lejano del hotel, el sonido de su propia respiración, el latido acelerado que parecía resonar también en su abdomen. Una mano volvió a ir allí, con cuidado, como si temiera romper algo solo con tocarlo.

—Hola… —murmuró, apenas un suspiro, sin terminar de creerse la situación en la que se encontraba.

Esa misma noche durmió poco. No porque estuviera incómodo, sino porque la mente no dejaba de correrle. Pensó en Lando, en las risas fáciles, en las manos grandes siempre encontrándolo en la cama, en la forma en que lo miraba cuando Oscar se sentía pequeño y vulnerable. Pensó en el campeonato, en el calendario, en todo lo que podía salir mal. Y, aun así, una calma extraña se abría paso entre los pensamientos.

Antes de regresar a Woking (y después del cierre de la temporada), pidió una cita médica en una clínica cercana al centro del equipo. No quiso decir nada todavía, necesitaba certezas. Necesitaba números, semanas, palabras profesionales que le ordenaran el caos interno y confirmaran lo que era más que evidente, aunque una parte de él seguía no aceptándolo.

El consultorio olía a desinfectante y té suave. El médico fue amable, cuidadoso, como si supiera que cada frase pesaba más de lo normal.

—Según las mediciones —dijo, revisando la pantalla—. Estás entre veintiséis y veintiocho semanas.

Oscar parpadeó.

—¿Seis… siete meses?

—Aproximadamente —asintió—. Es comprensible que no lo notaras antes, dadas tus rutinas y condición física. Hay incertidumbres, claro, ajustes que hacer, pero por ahora todo se ve estable.

𝘌𝘴𝘵𝘢𝘣𝘭𝘦.

La palabra se le quedó grabada en el pecho.

Salió de la clínica con una carpeta bajo el brazo y una sensación nueva acompañándolo. No era miedo, no del todo. Era todo un conjunto de sentimientos: responsabilidad, expectativa, una felicidad tímida (a la cual aún no se permitiera abrazarla por completo).

Esa noche, en casa, Lando habló del festejo, de lo que había decidido hacer con su número, su marca y demás cosas, todo con una sonrisa en su rostro. Oscar lo escuchó con una sonrisa suave, pensando en lo fácil que sería decírselo y en lo mucho que quería hacerlo bien.

No ahora, decidió. No de esta forma apresurada, con el corazón todavía desordenado.

Navidad.

Pensó en luces cálidas, en algo pequeño y significativo. Tal vez una caja o una foto, quizás solo él y Lando en el sofá, sin prisas. Quería verle la cara cuando lo supiera y fuera un recuerdo seguro, uno al que ambos pudieran volver.

Lando pasó un brazo por sus hombros, acercándolo sin pensarlo.

—Estás muy callado hoy —comentó—. ¿Todo bien?

Oscar apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos.

—Sí —respondió, sincero—. Todo va a estar bien.

Y por primera vez en meses, lo creyó de verdad.

01/29/2026
Hello, baby.❤️5to mes. Las vacaciones, los festejos y las visitas a la familia habían atrasado todo en un período que pa...
01/26/2026

Hello, baby.❤️
5to mes.

Las vacaciones, los festejos y las visitas a la familia habían atrasado todo en un período que para ambos había pasado más rápido de lo que esperaban. El preparar el cuarto del bebé y amoldar la casa a las necesidades del nuevo integrante también habían hecho su parte en la forma en que ocupaban su tiempo.

Y sin embargo algo seguía sobrevolando entre ambos con nerviosismo y alegría, ¿Qué sería? Por momentos ambos soñaban con la idea de tener una nena a quien llenar de moños, celar y hacer la princesa del paddock, pero en otros momentos, fantasear con un varón que siguiera sus pasos -aunque ambos acordaban el hecho de no forzarlo a los autos si es que no lo elegía.- los llevaba a sonreír. En cualquiera de los dos casos, los dos sabían que lo único que importaba a fin de cuentas era que "batatita", como su pareja lo había bautizado, fuese alguien sano y feliz.

—¿Estás listo? —Preguntó una vez estacionó frente a la clínica obstétrica que ambos habían elegido para llevar adelante el embarazo. Lando apagó el motor, su diestra viajó a la rodilla ajena, palmeándolo para calmar los nervios que él mismo llevaba ante tan importante momento. No se trataba solo de saber qué era, sino también de conocerlo, o conocerla, y darle forma y rostro a esa criatura que, aunque estaba formada, ambos imaginaban.

Tomo su mano una vez cruzaron el umbral de la puerta de vidrio que les daba la bienvenida. Adentro, el espacio era cálido en tonos blancos y amarillos pasteles, con algunos osos dibujados en las paredes a medida que avanzaban. Era tan adorable y acogedor, que parte de la ansiedad que Lando sentía comenzó a esfumarse a medida que se internaban.

Se acercaron a la recepción, y luego, siguiendo las indicaciones allí dadas, fueron a la sala de espera asignada, en donde música tenue acompañaba el momento previo a ser llamados.

—No sé si quiero reír o llorar —comentó por lo bajo, aún sujeto a los suaves y finos dedos contrarios, mientras en el suelo, nervioso, su pie y por ende pierna se movía con los nervios que nuevamente comenzaba a experimentar. Estaban por ver el futuro, una vida nueva que les acompañaría, alguien que daría forma al amor que ambos adultos se tenían. —Lo siento, cielo, te debo estar alterando a vos también.

Entonces frente a ellos y con un rechinar comparable a sus dientes apretados, la puerta por la que esperaban, se abrió. Del interior emergió una señora de quizás unos 55 años, bajita y el rostro más amable de lo que el británico esperaba.

"Papis Norris Piastri" llamó con una voz que sí, quedaba bien con el rostro de la dama y la dulzura que físicamente transmitía con su sola y calma sonrisa.

Tomó aire antes de alzarse. Pararse le costó más que el salir del coche cada que terminaba una carrera y el cuerpo exhausto buscaba fuerzas. Esto era importante y no solo eso, también emocionante. No conocía a la personita que entre ambos ya habitaba y sentía que lo amaba. Que se desbordaba por él y el futuro que les esperaba. Esperó a su pareja, caminó a su lado a ritmo tranquilo y detrás suyo, ingresó al consultorio, lugar en donde tuvo que alejarse del australiano para que siguiera las indicaciones que la doctora daba.

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