09/03/2026
—Abuela… me duele mucho la panza de hambre. Mis papás llevan tres días durmiendo sin levantarse —me dijo mi nietecita por teléfono, modulando una voz tan apagada que parecía haberse quedado sin las últimas fuerzas de su cuerpecito.
En mi ingenuidad, quise creer desesperadamente que solo se trataba de un sueño profundo provocado por el agotamiento del trabajo, por lo que salí corriendo a toda prisa hacia su hogar. Pero al abrir de par en par la puerta de la habitación principal, descubrí con horror la verdad más amarga: una niña de apenas cinco años no posee la capacidad de diferenciar entre un simple sueño y una espantosa tragedia.
—Abuelita… ¿puedes venir a vernos, por favor?
La voz de Renata se escuchaba tan débil y sutil que, en un primer instante, pensé que solo estaba jugando con el teléfono de su mamá mientras ella no la veía. Yo me encontraba atendiendo mi puesto callejero de tamales, instalada en una helada esquina de Des Moines, levantando la tapa de la enorme olla de atole cuando su respiración agitada y dificultosa resonó en mi oído.
—¿Ocurre algo malo, mi vida? ¿En dónde se encuentra tu mamá? —pregunté tratando de ocultar la angustia en mi voz.
Ocurrió un silencio prolongado, denso y escalofriante al otro lado de la línea. Luego, mi nieta susurró en un hilo de voz:
—Dormida.
—¿Y tu papá dónde está?
—Él también está dormido. Los dos llevan tres días sin despertarse. Tengo mucha hambre, abuelita.
En ese momento sentí cómo el cucharón de metal se me resbalaba de la mano y caía estrepitosamente. Renata apenas tenía cinco añitos de edad. A esa etapa de la vida, las criaturas no saben medir la dimensión real del tiempo; suelen decir "ayer" para hablar de lo que sucedió hace un par de horas, o dicen "mañana" cuando se refieren a más tarde. Es por ello que me aferré desesperadamente a la idea de que estaba exagerando. Quise pensar que mi hijo Adrián y su esposa Maribel solo se habían desvelado hasta tarde, que quizás estaban enfermos en cama o que la niña se había despertado asustada en medio de la oscuridad.
Sin embargo, de pronto percibí a través del auricular un sonido aterrador. Un sollozo diminuto y sofocado.
—¿Diego está a tu lado? —cuestioné con el corazón latiendo desbocado.
—Sí… pero él ya no puede llorar fuerte. Solo hace así… con la boquita abierta…
No pudo concluir la frase. Mi nietecito Diego apenas tenía dos años cumplidos.
Dejé el puesto totalmente abandonado, con la clientela esperando. Ni siquiera me detuve a apagar la estufa de manera correcta. Le grité al comerciante vecino que me cuidara las cosas por caridad y me abalancé a la calle para detener el primer taxi que pasó. Durante todo el trayecto en el vehículo, llamé al teléfono de mi hijo una y otra vez sin parar. Nadie contestó. Marqué inmediatamente al celular de Maribel. Tampoco hubo respuesta. Cada repique sin contestar se sentía como un martillazo directo contra mi pecho.
Adrián nunca había sido una persona fácil ni perfecta. Desde el desgarrador día en que lo despidieron de la fábrica, su carácter se volvió cada vez más silencioso, sombrío e irritable. Maribel intentaba ganar algo de dinero haciendo manicuras en la casa, pero en las últimas semanas casi no salía a la calle. Yo procuraba llevarles bolsas con provisiones cada vez que podía, a pesar de que a Adrián le molestaba profundamente aceptar mi ayuda. "No somos limosneros, mamá", solía repetirme con amargura. Pero la última vez que estuve en su departamento, descubrí a Renata escondiendo un pedazo de pan duro debajo de la almohada de su cama. Ese recuerdo triste me atormentó durante todo el viaje.
Cuando al fin arribé al complejo de departamentos ubicado en la zona céntrica, noté que la puerta de entrada estaba asegurada firmemente por dentro. Toqué la madera con desesperación. Grité sus nombres hasta perder el aliento. Ninguna alma contestó.
—¡Renata, mi amor! ¿Puedes escucharme?
Su pequeña voz se escuchó justo detrás de la puerta:
—No llego a la cerradura, abuelita… está muy alta para mí.
Le pedí prestado un ma****lo de hierro al vecino del departamento de enfrente. Con varios golpes secos y violentos, logramos romper la cerradura entre los dos. Cuando la puerta cedió al fin, una ráfaga de aire viciado, encerrado y con un olor fétido me golpeó el rostro. La sala estaba inmersa en un silencio escalofriante. Había juguetes esparcidos por el suelo, un vaso de vidrio vacío tirado y una caja de galletas vacía con los bordes mordidos por el desespero. Renata salió lentamente de detrás del sillón, descalza, con el cabello despeinado y enredado, y con los labios secos teñidos de un blanco cadavérico por la deshidratación. Traía cargando a Diego como mejor podía, aun cuando el niño era casi de su mismo tamaño.
—No pude hacer que se despertaran… —dijo con la mirada perdida.
La abracé contra mi pecho con la voz cortada, pero la niña no lloró. Ese silencio helado en sus ojos me aterrorizó todavía más.
Le di a beber agua muy despacio, cuidando que no se ahogara. Después me encaminé a pasos temblorosos hacia la recámara. La puerta permanecía entreabierta. Mi hijo y Maribel se encontraban acostados sobre la cama. No se movían en absoluto. Por un segundo de negación, mi mente rehusó entender la tragedia. Sentí el impulso de gritarles con fuerza, de sacudirlos de los brazos y reprendernos por infundirle semejante susto a los niños. Pero al rozar la mano de Adrián, descubrí una piel fría como el hielo. Maribel tenía el rostro congelado mirando hacia la pared, y sobre la mesa de noche reposaba un frasco completamente vacío.
Me cubrí la boca con ambas manos para contener el grito de dolor desgarrador y no aterrorizar a mis nietos.
Marqué al número de emergencias con las manos temblando convulsivamente. Mientras aguardaba desesperada la llegada de los socorristas, senté a Renata en la cocina e intenté buscar desesperadamente algo para alimentar a los niños. No había leche. No había un solo trozo de pan. Ni una fruta. Solo hallé un puñado de arroz crudo, una lata oxidada de chiles y un papel pegado con un imán en la puerta del refrigerador.
La letra no era de mi hijo. Se trataba del trazo inconfundible de Maribel:
"Si nos llega a pasar algo malo, no crean que fue por tristeza. Fue por puro miedo".
Sentí que el piso se abría bajo mis pies y que el mundo colapsaba a mi alrededor. En ese momento, Renata me tiró suavemente del vestido y señaló con su dedito debajo de la mesa de la cocina:
—Abuelita… ese señor estuvo aquí adentro antes de que mis papás se durmieran.
Observé hacia el punto exacto que me señalaba. Entre una bolsa de basura y una manta tirada en el suelo, yacía una tarjeta de identificación oficial. Me agaché a recogerla con los dedos temblando de pavor. Pertenecía a un hombre que yo conocía demasiado bien… el mismo prestamista sin escrúpulos que llevaba semanas acosando y buscando a mi hijo.