31/01/2026
EL TRÁGICO DESTINO DE LOS RÍOS DE LA CIUDAD DE MÉXICO.
Hace siglos, cuando la Ciudad de México no estaba hecha de concreto ni de asfalto, por sus entrañas corrían ríos de aguas claras, rodeados de vegetación, puentes y canales que reflejaban el cielo. Hoy, esos ríos ya no existen… o al menos no como los conocieron los antiguos habitantes.
Lo que hoy son avenidas congestionadas y pasos a desnivel, alguna vez fueron cauces vivos que alimentaron a Tenochtitlán y maravillaron a los conquistadores españoles.
Debido a la ubicación del valle de México (rodeado de montañas), la lluvia que se concentraba propició la formación de un extenso lago.
El agua que descendía de los ríos circundantes alimentaba los cuerpos de agua de la cuenca. El líquido vital que circulaba por estas corrientes permitió el desarrollo de las civilizaciones en el valle.
Debido a su abundancia de agua, el Valle de México fue un territorio ideal para los asentamientos humanos desde tiempos prehispánicos. Los mexicas supieron adaptarse al entorno lacustre mediante diques, albarradones, calzadas y chinampas, creando una ciudad que convivía con el agua en lugar de combatirla.
Tras la conquista, la Ciudad de México —capital del Virreinato de la Nueva España— continuó rodeada de lagos y ríos. En el siglo XVI, los cronistas españoles describieron con asombro la belleza de sus cauces, comparándolos con las ciudades más refinadas de Europa. Sin embargo, esta relación con el agua pronto se transformó en un problema.
Desde el siglo XVI, las inundaciones se convirtieron en una amenaza constante para la ciudad. A diferencia de los mexicas, los españoles optaron por desecar y desviar en lugar de adaptarse.
Todo parece comenzar en 1555, cuando una fuerte inundación provocada por el desborde del río Santiago puso en alerta a las autoridades virreinales. El temor a nuevas catástrofes llevó a tomar decisiones apresuradas: se ordenó desviar varios ríos, entre ellos los de Coyoacán y Tacubaya.
El gobierno virreinal decidió desviar el curso del río De los Morales con el albarradón —o dique— de San Lázaro que fue derribado por otra inundación en 1604.
El río Azcapotzalco se desbordó en 1607 y se tuvo que construir el Tajo de Nochistongo, un túnel de casi 7 kilómetros de largo para desviar las aguas.
En 1629 otra inundación fatal conocida como el Diluvio de San Mateo hizo que se desbordara el río Cuautitlán. Hubo miles de muertes y gran cantidad de la población emigró a otros lugares del país. La lluvia cayó durante 40 horas sin parar. El Tajo de Nochistongo se rompió y el agua subió hasta dos metros en la ciudad. La gente se tuvo que transportar en canoas durante un tiempo. Este fue uno de los episodios más graves de ingeniería fallida en la historia del valle.
De acuerdo con el historiador Francisco de Garay, en su obra El valle de México, apuntes históricos sobre su hidrografía, para el siglo XIX los ríos Tacubaya y Xola seguían representando un peligro.
En 1825, sus aguas fueron encausadas para desembocar en el Canal Nacional, formando lo que más tarde sería conocido como el río de la Piedad, uno de los más importantes de la ciudad durante décadas. Para la primera mitad del siglo XX, aún existían ríos como De los Remedios, Consulado, Tlalnepantla, Churubusco y De la Piedad, cuyos cauces eran controlados mediante presas como Dolores y Tecamachalco.
Pero la ciudad seguía creciendo… y los ríos estorbaban.
Con la expansión acelerada de la mancha urbana, los ríos comenzaron a perder caudal y pureza. Muchos se transformaron en drenajes a cielo abierto, focos de infección y tiraderos de basura. Los casos más críticos eran los ríos Churubusco y Consulado.
Por ello, en 1942, el gobierno tomó una decisión definitiva: entubarlos.
Al mismo tiempo, se realizaron obras similares en los ríos Mixcoac, Becerra y Tacubaya. Estas medidas redujeron el riesgo de inundaciones, pero también marcaron el inicio del fin de los ríos visibles en la capital.
En 1950 se inauguró el Viaducto Miguel Alemán, después de entubar el río de la Piedad en toda su extensión. Así mismo, tramos de los ríos Tacubaya y Becerra, ya habían sido completamente entubados. Poco después, el río Mixcoac corrió la misma suerte.
Durante el año 1952 el río Churubusco sufrió una desviación con finalidad de que ya no alimentara los lagos de Xochimilco, Mixquic y Tláhuac. Fue entubado como parte de las obras de modernización de la Ciudad de México emprendidas desde el inicio de la década de los sesenta.
En las décadas siguientes, el proceso continuó con el río Magdalena, el río de San Juan de Dios en Tlalpan y el canal de Miramontes.
Finalmente, el río de los Remedios, convertido en cauce de aguas negras, fue entubado para permitir la construcción del Anillo Periférico en su tramo noroeste.
El 9 de junio de 1975 se inauguró el Drenaje Profundo, que recoge las aguas negras, pluviales, parte del Gran Canal y de los ríos Tlalnepantla, de los Remedios y San Javier, para acarrearlas hasta el estado de Hidalgo. Con esto se concluía una serie de construcciones y excavaciones que se dieron desde los tiempos coloniales para resolver la problemática de las inundaciones, ya fueran diques, presas o el socavón de Huehuetoca, construido para regular las aguas de la cuenca de México.
Los ríos de la Ciudad de México no desaparecieron por accidente. Fueron ocultados, desviados y enterrados como parte de un proyecto de modernidad que decidió darle la espalda al agua.
Hoy, sus nombres sobreviven en avenidas, colonias y estaciones del metro, recordándonos que bajo el asfalto aún corren los ríos que alguna vez dieron vida al valle.
Quizá entender esta historia sea el primer paso para replantear nuestra relación con el agua… porque una ciudad que olvida sus ríos, también olvida su origen.