En la iconografía de la cerámica andina, los pueblos del pasado han dejado representado el mundo que los rodeaba. Vasos, vasijas y esculturas han sido detalladamente decoradas con escenas de la vida cotidiana, con seres –tal vez dioses- fantásticos, con animales, con los vegetales que constituían la base de la alimentación y con sus propios cuerpos. Tal así que muchas piezas arqueológicas pueden s
er leídas o interpretadas como verdaderas fotografías: personajes con tocados y cetros, adornos, ropa fina y hasta tatuajes, indicando a través de su investidura, la posición social. Ellos son señores, jefes, quienes detentaban el poder socio-político y religioso en su comunidad. Pero cuando nos preguntamos por las mujeres del pasado, otro ha sido el cantar…
En las grandes colecciones de museos, las mujeres apenas si se dejan ver. En proporción muchísimo menor, a la “imaginería femenina” hay que rastrearlas siguiendo pistas: tal vez alguna carga algún cántaro en su espalda, las mujeres aguateras; tal vez alguna está amamantando. Puede que las chamanas se dejen ver mimetizadas por las noches con algún animal sagrado y oscuro, como las lechuzas o búhos. Otras, las dolientes, acompañan a sus mu***os desde las urnas funerarias y claramente lloran. De la búsqueda e investigación de estas antiguas mujeres desenterradas del suelo americano es que nacen estas pequeñas Doñits en el presente. Resignificadas en el hoy, ellas son propiciadoras de agua, cantoras, curanderas, madres y en sus rasgos se conjuga el pasado del lugar que les dio origen.